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lunes, 26 de octubre de 2026

CANCHUMBO, LA ESPERANZA HECHA REALIDAD - GUILLERMO DE JORGE.

 CANCHUMBO,  LA ESPERANZA HECHA REALIDAD


Fotografía de Rodrigo Valero

Ser el padre que enjuaga los pies al primogénito -porque nunca le negamos a otro hombre el reloj-, porque siempre miramos a la misma altura de los ojos, porque esta vez fue mayor el sacrificio que la muerte de un hijo.


Sé, que no debemos guardarnos del pecado una vez que hemos sido redimidos; para no acabar como Bettelheim, esperando ver a una madre en una nevera, sino para derribar la fortaleza vacía que azota las grietas del dolor: reconstruir al niño interior, segar los cipreses arrebatados por el viento, golpear las puertas del mundo, hasta que no haya más remedio que verlas derruirlas.

Pide y se os dará; busca y hallaréis; llama y se os abrirá. La promesa es clara; la súplica, nuestra redención; el perdón, es sólo opcional: ser el padre que enjuaga los pies al primogénito -porque nunca le negamos a otro hombre el reloj-, porque siempre miramos a la misma altura de los ojos, porque esta vez fue mayor el sacrificio que la muerte de un hijo.


Fotografía de Rodrigo Valero

Con un enfoque personal e identitario, donde la multiculturalidad, la diversidad y el estado histórico de la materia se entrecruzan y cobran vida, buscando transmitir todas las historias que en secreto urgen en los ojos de las gentes -son los supervivientes del mito, los sol-dados de Mythra que arriban desesperados a los pies de las orillas, como un disparo sináptico en el pecho, a bocajarro-.


Un ser humano sólo posee lo que no le pueden arrebatar en un naufragio y Rodrigo Valero lo sabe. Es consciente. Cree en ello. La fotografía documental es un arte, una manera de vivir que nada tiene que ver con los estilos fotográficos que puedan emanar del propio ejercicio de la fotografía. El artista de raza busca capturar la realidad más allá de los convencionalismos, de una forma auténtica, única, sustancial y que sea capaz de registrar los hechos, la esencia de las personas, dentro de un contexto social que no ha sido alterado ni manipulado, a pesar de que el mundo a veces amenace con volcar.

Rodrigo Valero en Mirando a Canchungo, donde Late la Esperanza se adentra en la necesidad de capturar el alma a través del obturador de su cámara. Los instantes que recoge y nos muestra en este cuidado y elaborado catálogo se centran en representar la realidad tal como y sucede, con un enfoque personal e identitario, donde la multiculturalidad, la diversidad y el estado histórico de la materia se entrecruzan y cobran vida, buscando transmitir todas las historias que en secreto urgen en los ojos de las gentes -son los supervivientes del mito, los sol-dados de Mythra que arriban desesperados a los pies de las orillas, como un disparo sináptico en el pecho, a bocajarro-.


Fotografía de Rodrigo Valero

La luz y las sombras definen las texturas y el volumen de las imágenes que van tomando forma en el sensor de su Fujifilm X100VI, que precipita la captura del instante, inmortalizando la imagen que se libera del enfoque, guiando la exposición y la profundidad del campo. El autor pule la técnica y desgrana fotograma a fotograma la composición natural de una película cruda.


Su narrativa visual viene precedida de cada una de las fotografías que cuentan una historia real, nítida, lumínica, que se desgrana en cada grieta, en cada herida, en cada pliego de la piel de las personas que han sido inmortalizadas por el objetivo de su cámara. Transmitiendo la emoción, la incertidumbre, la ternura, el dolor, la tristeza, la alegría.

Conocemos el mundo que rodea a cada uno de las pobladores de Canchungo porque se van aconteciendo por las imágenes de este catálogo biográfico a través de la luz de sus pupilas, revelándonos la realidad que esconden en sus miradas: la angustia, la soledad, la pobreza, los efectos devastadores de las guerras, el sufrimiento por la vulneración de los derechos humanos, las desigualdades, la levedad y la indignidad a la que el ser es sujeto a veces, la pureza de un pueblo que silente marca el compás de los pasos del tiempo en los abruptos páramos de los desiertos del norte, las agitadas estancias de las amplias costas cubiertas de manglares, el sonido de los bosques enmarañados que se deshacen entre los labios y el profundo transitar de la lluvia sobre sus vibrantes pieles de caoba -no necesitamos la materia para sentir, no necesitamos el cuerpo para existir: sólo la onda de probabilidad arrebatada por el viento-.

La luz y las sombras definen las texturas y el volumen de las imágenes que van tomando forma en el sensor de su Fujifilm X100VI, que precipita la captura del instante, inmortalizando la imagen que se libera del enfoque, guiando la exposición y la profundidad del campo. El autor pule la técnica y desgrana fotograma a fotograma la composición natural de una película cruda donde se prioriza la fidelidad a la realidad y la perfección en los procedimientos empleados para empuñar la lente -nada es producto del azar, ni si quiera la vida propia-. Dándole nitidez, controlando el enfoque para transgredir los límites del cuerpo y anclarse en el ánima del espectador.

Rodrigo Valero es consciente de la delgada línea que existe entre el foto-periodismo y el proceso creativo en el que el autor está sumergido, siendo capaz de advertir todos aquellos aspectos de la vida cotidiana que a menudo son ignorados, retratándolos con un tratamiento más profundo y más estético. Quizás, por ello, quedan impregnadas en el ADN de la fotografía la esencia de los pueblos pepel, de su naturaleza propia, del tejido que se desgrana del pano di pinti, transgrediendo la mera superficialidad de los tejidos y contrastes, para adentrarse a lo más profundo del valor sagrado que un ser humano puede ostentar.


Fotografía de Rodrigo Valero

Mirando a Canchungo, donde Late la Esperanza es un tributo a Dorothea Lange, Sebastião Salgado, Paul Strand, Mary Ellen Mark, Carlos Pérez Siquier, Ramón Masats y Gordon Parks. Pero también es un homenaje al ser humano y a la vida, donde nos enseña que en los lugares más remotos del mundo, en las regiones más devastadas del ser, también puede existir la belleza jamás y nunca reunida en toda la tierra.

Creemos que somos capaces de mantener intacta la materialidad del ser, mientras caen las últimas luces del día sobre nuestros cuerpos, mientras los últimos dominios del hombre se desvanecen sobre nuestros más íntimos territorios, mientras captamos ese último fotograma que da testimonio a lo vivido. Creemos, incluso damos fe. Y, sin embargo, sólo somos un leve colibrí que deja constancia de un movimiento, de un dolor incierto apenas, de una huella quizás, de una mueca en vano - no hablo de ti, ni de nosotros. hablo de mi-, sino de lo los espacios que estiban entre el cuerpos y los objetos, entre la materia y la luz, en lo predecible que es vivir entre el caos y el abismo.

Mirando a Canchungo, donde Late la Esperanza es un tributo a Dorothea Lange, Sebastião Salgado, Paul Strand, Mary Ellen Mark, Carlos Pérez Siquier, Ramón Masats y Gordon Parks. Pero también es un homenaje al ser humano y a la vida, donde nos enseña que en los lugares más remotos del mundo, en las regiones más devastadas del ser, también puede existir la belleza jamás y nunca reunida en toda la tierra.

Nos aconsejan la guerra, para juzgarnos y destinarnos a la tormenta de tener que enfrentarnos a nosotros mismos. Nos arrojamos al abismo de los días sin pan y sin justicia. Sin embargo, la única certeza que tenemos es que siempre estará Rodrigo Valero para contarlo, siempre existirá una cámara en el momento justo que nos pueda salvar.

Guillermo de Jorge



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